Él va, ya se pactó

“Conspirar, es dejar ver una verdad”

 

Y sin obstáculos estatutarios para ser candidato del PRI a la Presidencia, José Antonio Meade dispone de unas cuantas semanas para disipar la percepción, en la cúpula priísta gubernamental, de que puede ser la versión peñista de Ernesto Zedillo que Carlos Salinas y su familia sufrieron durante casi una década.

Es decir, que para justificar el eventual penoso arranque de su gobierno, seis días antes de la Navidad de 2018 culpe a su antecesor del equivalente al “error de diciembre” de 1994; que el 28 febrero del año siguiente inaugure el sexenio con la encarcelación de algún personaje importante de la administración anterior y que, el 10 de marzo, Enrique Peña Nieto camine al exilio como Carlos Salinas, que se la pasó deambulando entre Dublín y La Habana, y no pudo regresar, en definitiva, a la Ciudad de México sino hasta iniciado el gobierno panista de Vicente Fox, y que cuando ocasionalmente lo hacía durante el zedillato era perseguido por la prensa, en especial por las cámaras de Televisa, obedientes de las maniobras mediáticas orquestadas desde Los Pinos.

A partir de que Enrique Ochoa Reza limpió de obstáculos el camino a las candidaturas del PRI a quienes no son militantes, pero que simpatizan con los postulados del partido, y de que el secretario de Hacienda confesó haber votado por Enrique Peña Nieto después de servir, durante 12 años, a las administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón, arrancó una cargada muy al estilo del viejo PRI a favor de Meade. Para muchos ya es el candidato de Peña Nieto.

La percepción se fortalece por una serie de detalles que son examinados con lupa.

Por ejemplo, el caluroso recibimiento que los legisladores dan al secretario de Hacienda cuando los visita; las animadas charlas, subrayadas con carcajadas, que el Presidente sostiene con él en los eventos públicos mientras los oradores están al micrófono y Peña Nieto ignora, casi por completo, al resto del gabinete.

Para no ser exhaustivos, recordemos que en tanto los otros destapados por Emilio Gamboa (Miguel Osorio Chong, Aurelio Nuño y José Narro) esperaban pacientemente en el presídium antes del inicio de la reunión con los casi 100 “líderes de opinión” convocados a Los Pinos para ser enterados, en directo, sobre los esfuerzos gubernamentales en la reconstrucción de lo dañado por los sismos de septiembre, Peña Nieto y Meade saludaban de mano a todos y cada uno de los invitados.

El secretario de Hacienda caminaba con la mano extendida para estrechar las de los periodistas que soltaba Peña Nieto; eso sí, lo hacía un paso atrás del Presidente, como el Príncipe de Gales con la Reina de Inglaterra. Mientras, sus competidores los observaban meditabundos y uno que otro tristón por la obviedad de la preferencia presidencial.

 

Él, el candidato perfecto

 

Si Meade no es el candidato de Peña Nieto, el Presidente está engañando a los especuladores, como lo hacía Adolfo Ruiz Cortines con “El Pollo” nayarita, Gilberto Flores Muñoz, mientras impulsaba a quien sí estaba en su corazón, Adolfo López Mateos.

Según cuenta en sus memorias “El Alazán Tostao”, Gonzalo N. Santos, cuando Ruiz Cortines informó a Flores Muñoz que el PRI había decidido postular a Adolfo “El joven”, el Presidente le dijo socarronamente: “Perdimos, “Pollo”, perdimos”.

Sin duda, Meade reúne todos los atributos que el PRI exige a sus militantes que pretenden la candidatura presidencial en estos tiempos difíciles para mantener el poder; además, ofrece honradez, imagen impecable, exenta de escándalos, sólida carrera académica y larga trayectoria en la administración pública. Nadie acumula, como él, cinco Secretarías de Despacho en tan sólo seis años, del 2011 a la fecha.

Parece el candidato perfecto, en especial ahora que Peña Nieto ha rescatado, para el Presidente de la República, el derecho a elegir candidato mediante la votación de delegados a la asamblea priísta, con la única oposición, pública, de Ivonne Ortega.

 

¿Meade es el candidato de Peña Nieto?

En la segunda y última ocasión que me reuní en Los Pinos con el Presidente Ernesto Zedillo me confió que al terminar Carlos Salinas de comunicarle que ocuparía la candidatura vacante por el asesinato de Luis Donaldo Colosio le comentó que con él pasaba del “dedazo” al “default”.

Es decir, según Zedillo, sería candidato porque Salinas se había quedado sin barajas después de intentar, sin éxito, que Carlos Castillo Peraza aceptara reformar la Constitución a fin de que el secretario de Hacienda, Pedro Aspe, ocupara el lugar de Colosio, asesinado en Lomas Taurinas. El líder panista habría contestado que sólo en África se reforma la ley en beneficio de una persona.

 

Nada te debo, Enrique

Desde la periferia parece que, como Salinas, Peña Nieto está atrapado en el esquema del “default”, pero por razones que nada tienen que ver con hechos como los sangrientos de Tijuana.

Los escándalos de corrupción que tienen en la cárcel, en México o en el extranjero, a varios ex gobernadores, y una serie de eventos (Ayotzinapa, “el socavón”, la casa blanca, etcétera), presionan al Presidente para postular a un candidato que no huela ni parezca priísta, es decir, sin mácula, a fin de que el electorado lo prefiera sobre los políticos tradicionales, incluidos los independientes, que también lo son, y Andrés Manuel López Obrador, que lo es más aún.

Para conseguirlo, el PRI correría el riesgo, según el ex líder nacional Manlio Fabio Beltrones se lo dijo al periódico español “El País”, de “desdoblarse hacia la derecha, como le sucedió al PRD, que con sus alianzas electorales con sus opuestos se diluyó y fortaleció otra opción, Morena…”.

Pero en busca de la pulcritud, de vestir de blanco al candidato tricolor, sacudir la mala fama acumulada en 70 años de estancia en el poder, en especial en el último lustro, y estar en condiciones de mantener el control del Poder Ejecutivo Federal, el beneficiario del default es Meade.

Salinas me ha dicho que la plática como Zedillo me la refirió nunca ocurrió, sin embargo, la anécdota, falsa o cierta, explica lo ocurrido apenas Carlos entregó la banda presidencial a Ernesto.

Todo tiene una explicación: Si Zedillo fue candidato por default, no se sintió obligado con Salinas; nada le debía. Suplió a Colosio con él porque no había otro. La Constitución cerró el paso a todos, en especial a su secretario de Hacienda, Pedro Aspe.

Si este es el razonamiento, el Presidente Meade tampoco deberá nada a Peña Nieto. Lo habría postulado porque no tiene a otro que reúna las cualidades necesarias en este momento de crisis de figuras priístas.

 

Salinas sufriendo un default

En sus sesudos análisis, los expertos sostienen que el secretario de Gobernación es el priísta que encabeza las encuestas, pero obra en su contra que no ha podido con la inseguridad; el único mérito del de Educación sería habitar en el corazón del Presidente; el de Salud parece más adulto de lo que en realidad es y el de Hacienda es el perfecto gerente que los empresarios han soñado con tener en la Presidencia.

Son falacias, pero en este mundo de percepciones, y de “fake news”, esto es lo que se cuenta.

Zedillo no fue candidato de Salinas sino porque no tuvo de quién más disponer, y cualquiera sabe lo que ocurrió apenas la banda tricolor pasó del pecho de uno a otro.

  1. a) Por teléfono, el Presidente saliente habló al electo para comentarle la costumbre de que el que se iba tenía derecho a recomendar a unos tres o cuatro funcionarios. Sólo pidió la permanencia de Humberto Benítez Treviño en la PGR.

Zedillo se disculpó aduciendo que ya había designado a Diego Fernández de Cevallos. No le mencionó el nombre, pero le dijo que le gustaría porque “es su amigo”.

La verdad fue que, acompañado por Castillo Peraza, “El Jefe” visitó a Zedillo y se negó a ser procurador aduciendo ser hombre de instituciones; Ernesto le diría que el ofrecimiento era para él, no para el PAN. Al final, el grupo seleccionó a Antonio Lozano Gracia, que comandaba a la fracción panista en la Cámara de Diputados.

Salinas no pidió más. Antes había sugerido la permanencia de Aspe en Hacienda por ser el único que conocía los alfileres de los que colgaba la economía, pero Zedillo lo detestaba.

  1. b) El 19 de diciembre ocurrió el llamado “error de diciembre”, la devaluación que Jaime Serra anticipó a los dueños del dinero. La debacle económica fue cargada a la cuenta de Salinas para salvar a gobierno entrante.
  2. c) El 28 de febrero de 1995, apenas concluyó un desayuno con el secretario de Gobernación de Zedillo, Esteban Moctezuma, Salinas fue informado de que policías judiciales habían aprehendido a su hermano Raúl, acusado de la autoría intelectual del asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu. Moctezuma ha escrito que no fue enterado por Zedillo de la acción punitiva de Lozano Gracia.
  3. d) A las 10:00 de la noche del 2 de marzo, Carlos llamó, desde Monterrey, a Javier Alatorre, conductor del noticiero “Hechos” de Canal 13, para anunciar el inicio de una huelga de hambre. Explicó que no lo hacía por la aprehensión de su hermano, porque eso se resolvería en tribunales, sino por una cuestión de honor y por la libertad de la investigación sobre el asesinato de Colosio. Por esas razones estaba decidido a cambiar lo más valioso que poseía, su vida.
  4. e) Cuatro días después suspendió el ayuno, regresó a la Ciudad de México, habló con Zedillo en casa de don Arsenio Farell e inició el largo camino del destierro cargando el desprestigio orquestado desde Los Pinos.

Traición en las sucesiones

La historia de las traiciones en las sucesiones es consustancial al priísmo. Lázaro Cárdenas cometió parricidio con Plutarco Elías Calles con el pretexto de liquidar el “maximato”; Manuel Ávila Camacho enmendó algunas de las reformas más importantes del cardenismo, la educación socialista y algunas cuestiones petroleras, por ejemplo; Gustavo Díaz Ordaz no perdonó a López Mateos su popularidad; Luis Echeverría echó sobre los hombros de su antecesor lo ocurrido en 1968; para evitar un “minimato”, José López Portillo desterró a Australia, y a las Islas Fiji, a Echeverría, su hermano de caminatas por todo el continente cuando eran jóvenes; Miguel de la Madrid no toleró a López Portillo la estatización bancaria de último momento y ordenó dar muerte civil en los medios a quien prometió, sin éxito, defender el peso como un perro.

En esta tradición de traición, el único en romper la regla fue Carlos Salinas. De la Madrid vivió una ex Presidencia tranquila.

Vicente Fox y Felipe Calderón no cuentan aquí porque no son priístas; al menos el guanajuatense no lo es por afiliación; quizás simpatizante.

Peña Nieto no la emprendió con Calderón por razones del Pacto por México, pero ¿qué priísta o simpatizante garantiza a Peña Nieto una ex Presidencia tranquila? Se dice que Miguel Osorio Chong, el hermano, y Aurelio Nuño, el hijo, son rabiosamente leales.

 

El gran obstáculo que tiene Meade en su camino.

Se antoja inverosímil que en un afán de convencer a Peña Nieto de su lealtad eterna recurriera a una estratagema priísta arcaica y, se supone, ajena a su estilo de hombre limpio. Sus asesores políticos, Augusto Gómez Villanueva y José Ramón Martell, le habrían aconsejado sembrar, vía la ayuda del senador Zoé Robledo, seguidor de Andrés Manuel López Obrador, pero egresado del ITAM, la pregunta de por quién votó en 2012.

En apariencia, el secretario de Hacienda tenía enfrente una trampa que pudo eludir con elegancia escudándose en la secrecía constitucional del voto, pero en lugar de hacerlo se llevó el aplauso hipócrita del priísmo al revelar que sufragó por el candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto.

Hipócrita, digo, porque al ritmo de las palmas, los senadores, incluidos los panistas, que de inmediato captaron la intención de la revelación, se aguantaron las ganas de gritar “traidor”. Cuando Meade votó por Peña Nieto era el funcionario más importante de Calderón; lo fue también, aunque no tanto, de Vicente Fox.

También lo es que no militaba en el PAN, pero trabajaba para un equipo de panistas dirigido por un panista que pretendía derrotar al candidato priísta, Peña Nieto.

Ignoro cómo tomó Peña Nieto la revelación de su secretario de Hacienda, pero quien lo conoce sabe su concepción de lealtad; en definitiva, no cree en los conversos.

Este único episodio, innecesario, grosero, impuesto a Meade por sus asesores, obligándolo a ofrecerse, ante la clase política y su jefe, como un converso capaz de lo que sea con tal de ser recibido en el seno del señor, y su condición de “deafult” al estilo zedillista, son los obstáculos que debe brincar Meade en las pocas semanas que nos separan de la postulación del precandidato.

Debe convencer a Peña Nieto que tiene en él a alguien más que un personaje con buena imagen pública, honesto, pulcro y con inigualables calificaciones académicas y profesionales.

El secretario de Hacienda parece el candidato perfecto, si bien en un escenario de lucha encarnizada, con figuras de la talla de Andrés Manuel López Obrador, Margarita Zavala, Jaime “El Bronco” Rodríguez y quien sea el candidato del Frente, Ricardo Anaya o Miguel Mancera, sus posibilidades no parecen mejores que las de Osorio Chong, Nuño, Narro y del secretario de Turismo, Enrique de la Madrid.

 

Los cálculos electorales no son materia de hoy.

Se trata de lealtad y, desde donde se mire, dicen los viejos priístas que para medirla hay que poner la vista en el pasado, y no en el futuro, como hacen los recién casados cuando se juran amor eterno.

Osorio fue el primero con nivel en ofrecerla a Peña Nieto cuando el gobernador del Estado de México ni siquiera tenía presente; a partir de entonces, y hasta hoy, se convirtió en su sombra.

Nuño inició como apéndice de Luis Videgaray, pero en la Oficina de la Jefatura de la Presidencia se independizó y se convirtió en una versión de Peña Nieto.

La química entre Peña Nieto y el doctor Narro se dio a partir de una llamada telefónica del gobernador mexiquense al rector de la UNAM.

La de Meade es reciente; data apenas de cuando se convenció de que era preferible votar por Peña Nieto que por la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, para contener a Andrés Manuel López Obrador.

Por cierto, la consecuencia última del “default” fue que seis años después, en el 2000, Ernesto Zedillo entregó el poder al PAN de una manera suave, tersa. Tuvieron que maquillarlo para que en el mensaje a la nación pareciera apesadumbrado.

Y también lo es que, al día de hoy, quien será el candidato priísta no lo sabe aún.

Y, claro, Enrique Peña Nieto, que escribió su tesis profesional sobre “El presidencialismo mexicano y Álvaro Obregón”, se divierte mirando a los aspirantes moverse para salir en la foto.

Y el que más ha salido junto a él, mostrándose como el hombre limpio que es, sin barniz de priísmo que lo manche, y exhibiendo su conversión al peñismo cuando trabajaba para Calderón, es Meade.

 

 

Por la redacción,

con información de ImpactoDiario.

Fotografía: jovenEshacerpolítica.

 

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