The Economist y PRI: Legitimar a AMLO antes del 2018

La misma prensa financiera internacional que alabó tanto a Enrique Peña Nieto al principio de su sexenio, fabricando un supuesto Mexican moment de modernidad y desarrollo a partir de las “reformas estructurales”, ahora se lanza contra Andrés Manuel López Obrador. Y es que de cara a las próximas elecciones presidenciales de 2018, influyentes medios globales recurren una vez más a tesis disparatadas con el fin de legitimar al actual régimen autoritario mexicano.

De acuerdo con Richard Ensor, corresponsal en México de la revista británica de corte neoliberal The Economist, hasta el mismo General Lázaro Cárdenas del Río supuestamente repudiaría el “populismo” de López Obrador.  De acuerdo con el periodista, quien escribió el pasado 4 de noviembre bajo el seudónimo “Bello”, el General Cárdenas era un político pragmático que construía instituciones, unificaba el país y se llevaba bien con los Estados Unidos. En contraste, el tabasqueño no es más que un demagogo que divide la nación, mina la institucionalidad democrática y provoca a Trump de manera irresponsable. Jensor remata con una cita de Cuauhtémoc Cárdenas que invita a diferenciar entre la “popularidad” constructiva del General y el “populismo” destructivo de otros líderes.

Ensor en realidad no hace otra cosa que repetir la misma estrategia utilizada por Peña Nieto para supuestamente justificar su reforma energética en 2013. En la exposición de motivos de su iniciativa de modificación constitucional que logró desmontar las conquistas de Cárdenas en la materia, el originario de Atlacomulco escribió con enorme cinismo que “la iniciativa que se somete a la consideración de esa Soberanía se basa en las ideas fundamentales de las reformas del Presidente Lázaro Cárdenas consecuentes con la expropiación petrolera de 1938”.  Y remata señalando que “el espíritu de las reformas cardenistas fue nacionalista sin duda, pero también modernizador, visionario y pragmático.”

Los neoliberales están desesperados por presentarse como los verdaderos herederos de la patria como Lázaro Cárdenas. Basándose en mentiras, quieren arrebatarle de la izquierda el estandarte de la dignidad republicana.

Es cierto que Cárdenas era profundamente institucional, visionario y pragmático. La mentira, sin embargo, reside en la idea de que el régimen actual, y no la oposición obradorista, sería la fuerza política que da seguimiento y continuidad a este ejemplo histórico.

Los revisionistas distorsionan la realidad con fines políticos. Por ejemplo, Jensor escribe que uno de los grandes logros de Cárdenas fue supuestamente haber creado el Partido Revolucionario Institucional (PRI).  En realidad, el partido que creó Cárdenas el 30 de marzo de 1938 no fue el PRI sino el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), un partido de masas firmemente cimentado en el poder popular y la organización social.

El PRI como tal no se creó sino hasta 1946 y nació para repudiar y desarticular las reformas cardenistas. Fue a partir del sexenio de Miguel Alemán Valdés, el primer Presidente emanado del PRI, que se estableció el sistema de autoritarismo neoliberal, de represión estructural y de hipocresía institucionalizada que sigue vigente hasta la fecha. Es falso sostener que el PRI de hoy de alguna manera es una continuidad del cardenismo. La realidad es que ese partido surgió como un abierto repudio al legado del General.

Otra distorsión mal intencionada de Jensor es su afirmación de que supuestamente no existen pruebas del descarado fraude de 2006 y que las protestas de López Obrador en aquel año minaron las instituciones democráticas.  El periodista evidentemente no ha revisado los cientos de páginas de la impugnación de la validez de la elección presidencial presentado en su momento a las autoridades electorales por los abogados del tabasqueño. Tampoco ha leído los numerosos libros y artículos escritos sobre el tema desde entonces.

En todo caso, si la elección de 2006 fue perfectamente limpia y democrática, como supone Jensor: ¿Por qué destruir las boletas electorales utilizadas en la elección sin permitir una revisión ciudadana previa de acuerdo con la ley de transparencia, tal y como lo demandaron miles de ciudadanos y la misma Revista Proceso?

También vale la pena recordar que las protestas de López Obrador en 2006 no fueron para obligar a las autoridades electorales a que se le reconociera como Presidente, sino para exigir transparencia. Su demanda principal fue el famoso “voto por voto”, es decir, el recuento total de la votación con el fin de esclarecer los resultados. Los historiadores serios del futuro verán este episodio no como un ejemplo de la supuesta incultura democrática de López Obrador, sino como una muestra clara del compromiso del tabasqueño con la participación ciudadana a favor del funcionamiento transparente de las instituciones públicas.

Finalmente, Jensor también se lanza contra López Obrador por supuestamente andar de “buscapleitos” con Donald Trump.  El periodista sugiere que López Obrador haría bien en seguir el ejemplo de Cárdenas, quien fue más conciliador y pragmático en sus relaciones con Washington.

La comparación es francamente ridícula. Franklin Roosevelt, Presidente de los Estados Unidos durante el sexenio de Cárdenas, era un líder inteligente e ilustrado con gran sensibilidad social. En contraste, Trump es un bully ignorante, elitista y racista. Quien no responde a Trump con fuerza es inmediatamente aplastado y humillado, tal y como ha ocurrido recientemente con Peña y Luis Videgaray.

Resulta evidente que la mejor manera de dar continuidad hoy al nacionalismo pragmático de los tiempos de Cárdenas no es con un entreguismo indigno, sino con una firme defensa de la soberanía nacional.

Afortunadamente, no todos los medios internacionales coinciden con The Economist. Por ejemplo, tanto las declaraciones Paul Krugman, columnista del New York Times, sobre López Obrador, así como el reportaje sobre la historia de fraudes electorales en México publicado recientemente en Le Monde Diplomatique, ayudan a equilibrar la opinión pública internacional.

Siempre hay que respetar y fomentar la libertad de expresión y la pluralidad de voces. Pero ello no implica quedarnos callados frente a las evidentes distorsiones malintencionadas que sirven para legitimar al actual régimen corrupto y autoritario.

 

 

Por la redacción,

con información Proceso.

 

 

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