La sucesión priísta es exclusiva de Peña Nieto

Lo único preocupante es que su candidatura termine siendo producto de un impuesto que tome desprevenido al Presidente Peña Nieto y que al final éste lo acepte como una situación de hecho sólo porque ya el mundo sabe, por voz de Videgaray, que Meade es el mejor de los mexicanos.

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Si el Peña Nieto que conocí unos tres lustros atrás no ha cambiado sustancialmente, estoy convencido de que jamás permitiría que un subalterno, por más importante, indispensable e inteligente que sea, tome decisiones por él.

Si eso ocurriera dejaría de llamarse Enrique y no sería Presidente de México.

Imposible imaginar que alguien se le suba al tapanco, tenga la estatura que tenga, sea alto o enano.

Hace algunos años, cuando aún era gobernador del Estado de México, escuché, sin proponérmelo, su parte de un diálogo telefónico con el aspirante a candidato a gobernador de una entidad.

A la petición de ayuda contestó que no podía hacer lo que aspiraba que a él no le hicieran, es decir, que un factor externo influyera en su decisión cuando le llegara el turno. Primero que decida tu jefe, luego te ayudaré si el gobernador lo decide, dijo palabras más o menos al peticionario.

En otras palabras, lo último que está dispuesto a admitir es que otro tome las decisiones que a él le son exclusivas; la más importante en estos tiempos es quién será el candidato presidencial del PRI.

La anécdota me vino a la mente después de leer todo lo que Luis Videgaray dijo ayer al cuerpo diplomático acreditado en México sobre José Antonio Meade.

Lo menos relevante del currículum es que sea su amigo y hayan transitado 30 años juntos; lo trascendente es la preparación académica y profesional incomparable del secretario de Hacienda, así como sus incuestionables prendas personales, de las que él es aval desinteresado.

Los elogios, merecidos y sin medida de Videgaray a Meade, fueron interpretados de inmediato por la clase política y los analistas, como el destape priísta anticipado (un madruguete, pues, como se decía en el pasado) del secretario de Relaciones Exteriores en favor del de Hacienda; explicable, por cierto, si nos remontamos a la instantánea captada en Miami que los muestra juntos, formando una mancuerna indisoluble en los últimos 30 años, como lo registró Videgaray puntualmente en su cuenta de Twitter.

Secuencia de aquella fotografía fueron las tomadas y difundidas por Videgaray en las redes sociales en la develación de los retratos de ambos en las secretarías de Relaciones y Hacienda, en donde José Antonio relevó a Luis.

¿Madruguete al Presidente Peña Nieto?

Con el tiempo lo ocurrido ayer será mera anécdota matizada con el episodio difícil que el secretario de Gobernación tuvo que pasar en el Senado de la República, contaminado con la revelación de los datos de que octubre pasado fue el mes más violento del año.

Miguel Osorio Chong se defendió muy bien: la situación compleja en materia de seguridad llama como nunca antes a la corresponsabilidad de Poderes de la Unión y a los órdenes de gobierno, y no puede prestarse a cálculos políticos e improvisación.

Pero la anécdota es reveladora porque necesariamente se impone preguntar si Videgaray ponderó per se o cumpliendo instrucciones (del Presidente ¿de quién más?) las virtudes de Meade ante el cuerpo diplomático acreditado en México, a fin de que los embajadores informen a sus gobiernos que el PRI tiene en el secretario de Hacienda al hombre que puede gobernar al país.

Los mal pensados, que abundamos en México, coincidimos en que el secretario de Relaciones superó la temeridad que le costó la chamba como titular de Hacienda cuando invitó a Donald Trump a Los Pinos, pero quienes le conceden apego a la disciplina en el organigrama presidencial, suponen que si anunció urbi et orbi que Meade es mejor que cualquier priísta, se concretó a cumplir instrucciones o consiguió que su pensamiento incubara en la mente del Presidente.

De lo contrario, en otros tiempos ya estaría cesante camino de nueva cuenta al Estado de México, con el agravante de que ya no hay campaña a gobernador que coordine.

Como sea, el supuesto desde que Enrique Ochoa Reza reformó los estatutos priístas para que un simpatizante pueda ser candidato a lo que quiera, de que Meade lo será a la Presidencia, se convirtió en verdad absoluta porque a nadie escapa la influencia irresistible que el secretario de Relaciones Exteriores tiene en Los Pinos, mayor que en el pasado, si es posible, después de su exitosa apuesta por Trump para presidente de Estados Unidos.

Pero todo esto está por verse. Los muy “enterados” aseguran que el lunes próximo habrá candidato priísta a la Presidencia sólo porque Peña Nieto cumple años de casado y de registrarse como precandidato.

De hecho, si Videgaray es el Carlos Martell del emperador merovingo cuyo mayordomo le arrebató el poder, debemos dar por hecho que el secretario de Hacienda ya es el candidato presidencial del PRI, aun cuando el líder nacional del partido, Enrique Ochoa Reza, ni siquiera haya abierto la boca y en Los Pinos se guarde significativo silencio.

Lo único a preguntar es por qué la necesidad del secretario de Relaciones Exteriores en igualar a Meade con Plutarco Elías Calles. ¿Sólo porque ambos tienen en común haber ocupado cuatro secretarías en la burocracia revolucionaria?

En realidad, José Antonio lo supera porque es la segunda ocasión que está en Hacienda.

Espero que los conocimientos de Videgaray en historia de México sean tan avanzados como los tiene en economía, y que la comparación termine ahí, no sólo porque Plutarco es sospechoso de haber ordenado el asesinato de Álvaro Obregón, sino porque fue el último practicante espiritista de nuestros paladines históricos que tuvo en Francisco I. Madero al más significado; además fue fundador de lo que ahora es el PRI y derrotó a José Vasconcelos mediante fraude electoral; también fue el Jefe Máximo de la Revolución que tuvo a Pascual Ortiz Rubio, conocido como “El nopalito”, como su títere en la Presidencia.

En realidad no sólo a él, sino también a Abelardo L. Rodríguez, hasta que el general Lázaro Cárdenas cometió parricidio y lo invitó, mediante un capitán, a exiliarse en San Diego.

La comparación videgariana de Meade con Calles parece una especie de reflejo propio en el espejo que un psiquiatra como Juan Ramón de la Fuente explicaría con pocas palabras. Al Calles que ve en Meade es a él mismo.

Al secretario de Hacienda no se le observan tendencias a crear una jefatura máxima, pero sí a su promotor, el de Relaciones Exteriores.

Sería terrible que Meade, con la banda tricolor cruzada sobre el pecho, como lo merece al igual que otros de sus competidores, tuviese que aceptar la jefatura máxima de quien lo ha guiado en los últimos 30 años y hoy lo lleva de la mano por los laberintos priístas.

Debo decir que nada de esto significa que José Antonio Meade no tenga derecho a disputar la Presidencia y a ejercerla usando sus conocimientos, experiencia y virtudes; lo único preocupante es que su candidatura termine siendo producto de un madruguete que tomó desprevenido al Presidente Peña Nieto y que al final éste lo acepte como una situación de hecho sólo porque ya el mundo sabe, por voz de Videgaray, que Meade es el mejor de los mexicanos.

 

Por la redacción,

con información de Impacto.

 

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