¿Qué hará AMLO si no le favorecen los resultados el 1° de Julio?

Sobre advertencia no hay engaño. Por lo menos uno de los participantes en la contienda electoral no es demócrata. Utiliza la democracia sólo como un medio para alcanzar el poder.

Si pierde las elecciones es incapaz de reconocer los resultados. Prefiere minar la democracia –como lo hizo en 2006 y 2012– antes de admitir su derrota. Fundó su propio partido para evitar el riesgo de que alguien lo contradiga. Impuso recientemente la restricción de criticar a la dirigencia del partido; es decir, a él: “Queda estrictamente prohibido que los/las aspirantes realicen acusaciones públicas contra el partido y sus órganos de dirección”, dice la convocatoria para cargos de elección popular de Morena (“Morena prohíbe a sus candidatos criticar”, El Universal, 28 de noviembre de 2017).

Lo grave es que estos claros reflejos autocráticos de su líder no parecen provocar rechazo ni en su militancia gruesa ni en los académicos que abrazan su causa. Cualquier desliz de su candidato es justificado mediante todo tipo de piruetas intelectuales cada vez más barrocas. Puede sumar a su causa a Lino Korrodi, a René Bejarano, a Manuel Bartlett y a Elba Esther Gordillo sin escándalo de sus seguidores, que aducen pragmatismo para poder seguir tragando sapos muy tranquilos. Cuando la pepena parece haber tocado fondo, su eterno candidato los sorprende con la postulación de un futbolista o un cantante del grupo Garibaldi. Si su líder les impone una alianza con partidos homofóbicos e intolerantes no importa, sus seguidores bajan la cabeza y asienten (con la sola excepción de Elena Poniatowska, que exhibió en un acto un letrerito, pero continuó brindándole su apoyo.) Es el único acto de dignidad del que se tenga registro entre los adherentes de Morena.

Son cada vez más recurrentes los embates de López Obrador al Poder Legislativo y al Poder Judicial (“maiceados”, les dice) sin que entre los suyos, ni en la sociedad en general, se prendan las alarmas.

No queremos llamar a las cosas por su nombre. Dictador se le llama a aquel gobernante que supedita o suprime los poderes que ejercen de contrapeso a su autoridad. La democracia parece estar viviendo sus horas más bajas.

El autócrata no sólo subordina los poderes (aduciendo siempre que lo hace en favor del pueblo), sino que detesta la crítica. Uno de los primeros impulsos de un gobierno dictatorial es acallar a la prensa. Con ingenuidad su militancia boba lo defiende: no persiguió periodistas durante su gestión en el Distrito Federal. No lo hizo entonces porque le habría dificultado su acceso al poder. (La táctica viene de Lenin: utilizar la democracia para llegar al poder y una vez instalado en él, destruirla.)

Por eso conviene recordar ahora lo que Luis González de Alba relató en 2006: “Un ejemplo de ultraderecha real, embriagada por el triunfo seguro, lo ofreció Jorge Fernández Menéndez en Excélsior: 72 horas antes de las elecciones presidenciales, un alto mando del equipo de AMLO se presentó ante un director de medios para indicarle cuáles de sus colaboradores debían ser despedidos. Jorge Fernández, concedió el mensajero de AMLO, merecía una segunda oportunidad de reformarse, así dictaba la benevolencia del López Obrador triunfante. Ya había una protoGestapo en acción días antes de la victoria del indestructible. El Pejey sus paniaguados… antes de ganar ya daban órdenes a directores de diarios y les pasaban listas negras de periodistas proscritos” (Milenio, 23 de octubre de 2006).

¿De llegar al poder, cuál sería la actitud de López Obrador respecto a la prensa? Hoy la califica de mafiosa (es decir, de criminal). ¿Qué nos hace creer que respetará la libertad de expresión? Recordemos: a los dueños de Grupo Imagen los llamó “encarnación de la corrupción”; a Excélsior lo tachó de “inmundo pasquín”; al Wall Street Journal de “calumniador”; a Ricardo Alemán de “ponzoñoso”; a los periodistas de Reforma “zopilotes” y “voceros de la prensa inmunda”; a José Cárdenas también lo llamó “calumniador”; a Aristegui, “mirona profesional”; a El Universal, “un pasquín del régimen”; al programa En punto, conducido por Denise Maerker, “prensa alquilada”; al Reforma, “prensa fifí y deshonesta”, etcétera. La lista de insultos a quien no piensa como él es igual de extensa. Lo último: luego de haber calificado a Jesús Silva-Herzog y a Enrique Krauze de conservadores que simulaban ser liberales, López Obrador intentó una disculpa para tratar de corregir su error. Aunque por ser una de las primeras veces en su vida que practica la autocrítica, el resultado fue algo peculiar. Dice que lo dijo porque “de vez en cuando es necesario llamar a las cosas por su nombre”. Algo así como “me disculpo con esos miserables por haberles dicho miserables”.

Para que una democracia funcione se necesita que haya demócratas. No lo ha sido López Obrador, según se desprende de sus palabras y actitudes. Pensar que una vez que tenga los instrumentos del poder (incluyendo el monopolio de la violencia) va a transformarse súbitamente en un demócrata es conceder demasiado. Sólo sus fieles pueden creer en semejante milagro. La mayoría de la sociedad –es decir, 70 por ciento que no lo apoya– debe encender las alarmas y democráticamente oponerse a quien quiere imponer su verdad y que sólo se escuche una sola voz, la suya.

RedacciónFernando García Ramírez

con información de El Financiero.

 

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