“El presidente ha desaparecido”, James Patterson y Bill Clinton

Hay secretos que solo un presidente puede saber. Hay situaciones que solo un presidente puede resolver. Pero hay decisiones que ni siquiera un presidente querría tomar.

anuncio

 

James Patterson

Newburgh, Nueva York, 1947.

Fue galardonado en 2015 con el Literarian Award por su servicio excepcional a la comunidad literaria norteamericana que concede la National Book Foundation.

Ostenta el récord Guinness de autor con mayor números 1 en la lista de más vendidos de The New York Times, y sus obras han vendido más de 375 millones de ejemplares en todo el mundo. Defensor infatigable del poder de los libros y de la lectura, Patterson fundó una nueva editorial para niños, JIMMY Patterson Books, cuya misión es simple: «Queremos que cada niño que termine un libro de JIMMY diga “Quiero leer otro”».

Ha donado más de un millón de libros a estudiantes y soldados, además de haber proporcionado más de cuatrocientas becas de educación para docentes en veinticuatro institutos y universidades.
Ha donado también millones de dólares a librerías independientes y a bibliotecas escolares. Patterson invierte los ingresos de las ventas de los libros de JIMMY Patterson Books en iniciativas de promoción de la lectura.

Bill Clinton

Fue elegido presidente de Estados Unidos en 1992, cargo que ejerció hasta el año 2001. Tras dejar la Casa Blanca, creó la Clinton Foundation, una institución que tiene como objetivo ayudar a mejorar la salud global, aumentar las oportunidades para niñas y mujeres, reducir la obesidad infantil y prevenir enfermedades, crear oportunidades económicas y de crecimiento, además de abordar los efectos del cambio climático.
Es autor de varios ensayos, entre ellos, Mi vida, que se convirtió en un bestseller mundial. Esta es su primera novela.
@BillClinton

                                          Fragmento

1 —Se abre la sesión de la comisión de investigación de la Cámara… Los tiburones dan vueltas en círculo, excitados por el olor de la sangre. Son trece, para ser exactos, ocho de la oposición y cinco de mi partido, para enfrentarme a los cuales he estado organizando mi defensa con abogados y asesores. He aprendido por las malas que, por muy preparado que estés, ante un depredador, pocas defensas valen. Llega un momento en que no te queda otra que entrar al trapo y contraatacar. «No lo haga, señor —volvió a suplicarme anoche mi jefa de gabinete, Carolyn Brock, como lo ha hecho ya tantas veces—. No acuda a la vista oral de esa comisión. Tiene todas las de perder. »No puede responder a sus preguntas, señor. »Será el fin de su presidencia.» Exploro los trece rostros que tengo enfrente, sentados en una fila interminable, como una moderna Inquisición española. El hombre de pelo cano instalado en el centro, detrás de una placa que reza Sr. Rhodes, se aclara la garganta. Lester Rhodes, presidente de la Cámara, no suele participar en las vistas de la comisión, pero esta vez ha hechouna excepción y ha llenado su lado del pasillo de miembros del Congreso cuyo objetivo principal en la vida parece ser sabotear mi agenda y destrozarme, política y personalmente. La brutalidad en la conquista del poder es más antigua que la Biblia, pero algunos de mis rivales me odian a muerte. No les basta con hacerme perder el cargo. No se darán por satisfechos hasta que me metan en la cárcel, me destripen y me descuarticen, y me borren de los libros de historia. Dios, si por ellos fuera, prenderían fuego a mi casa de Carolina del Norte y escupirían sobre la tumba de mi esposa. Estiro del todo el soporte flexible del micrófono para acercármelo a la boca. No quiero inclinarme para hablar mientras los miembros de la comisión están erguidos en sus sillones de piel como reyes y reinas en sus tronos. Inclinado parecería débil, sumiso, y daría la impresión de que me encuentro a su merced. Estoy solo en mi sitio. Sin asesores, ni abogados, ni apuntes. El pueblo estadounidense no me va a ver cuchicheando con ningún letrado, ni tapando el micro con la mano y destapándolo después para declarar: «No tengo un recuerdo específico de eso, congresista». No me escondo. No tendría que estar aquí y, desde luego, no me apetece nada estar aquí, pero estoy. Yo solo. El presidente de Estados Unidos frente a una turba de acusadores. En un rincón de la sala se encuentra el triunvirato de mis colaboradores más cercanos: la jefa de gabinete, Carolyn Brock; Danny Akers, amigo de toda la vida y consejero de la Casa Blanca; y Jenny Brickman, subjefa de gabinete y mi principal asesora política. Todos ellos estoicos, impasibles, preocupados. Ninguno quería que hiciese esto. Lostres pensaban que iba a cometer el mayor error de mi presidencia. Pero aquí estoy. Ha llegado el momento. Ahora sabremos si estaban en lo cierto.

—Señor presidente…

—Señor presidente de la Cámara…

En teoría, en este contexto, debería llamarlo «señor portavoz», claro que lo llamaría muchas otras cosas, pero no voy a hacerlo. Esto podría empezar de muy distintas maneras: con un discurso de autobombo disfrazado de pregunta del presidente de la Cámara, con unas discretas preguntas introductorias… Pero he visto suficientes vídeos de Lester Rhodes interrogando a testigos antes de que fuese presidente, cuando era un congresista más de la comisión de supervisión de la Cámara, para saber que suele empezar fuerte, ir directo a la yugular, desconcertar al testigo. Es consciente —lo es todo el mundo desde que, en el debate presidencial de 1988, Michael Dukakis dio una respuesta poco convincente a la primera pregunta sobre la pena de muerte—, es consciente de que, si das el mazazo al principio, nadie recuerda nada más. ¿Seguirá el mismo plan de ataque con un presidente en activo? Pues claro que sí.

—Presidente Duncan —empieza—, ¿desde cuándo nos dedicamos a proteger a terroristas? —No lo hacemos —contesto tan rápido que casi no lo dejo terminar de hablar, porque no se puede dar pábulo a una pregunta así—. Ni lo haremos jamás. Al menos mientras yo sea presidente.

—¿Está seguro de eso? ¿He oído bien? Se me enciende la cara. No ha pasado ni un minuto y ya ha conseguido irritarme.

—Señor presidente de la Cámara —contesto—, si lo digo es porque lo creo así. Que quede claro desde el principio. No nos dedicamos a proteger a terroristas. Hace una pausa después de ese recordatorio.

—Bueno, señor presidente, a lo mejor se trata de una sutileza lingüística. ¿Considera usted a los Hijos de la Yihad una organización terrorista?

—Por supuesto. Mis asesores me han aconsejado que no diga «Por supuesto»; puede sonar pretencioso y condescendiente si no se emplea en el momento oportuno.

—Y ese grupo ha recibido el apoyo de Rusia, ¿no es así? Asiento con la cabeza.

—Rusia ha ofrecido apoyo ocasional a los Hijos de la Yihad, sí. Y nosotros hemos condenado ese apoyo a este grupo y a otras organizaciones terroristas.

—Los Hijos de la Yihad han cometido atentados en tres continentes, ¿correcto?

—Ésta es una afirmación acertada, sí.

—¿Son responsables de la muerte de miles de personas?

—Sí.

—¿Ciudadanos estadounidenses entre ellos?

—Sí.

—¿De las explosiones del hotel Bellwood Arms de Bruselas, donde fallecieron cincuenta y siete personas, incluida una delegación de legisladores de California? ¿Del pirateo del sistema de control del tráfico aéreo de la Repúblicade Georgia que hizo caer a tres aviones, uno de los cuales trasladaba al embajador georgiano a Estados Unidos?

—Sí —digo—. Ambos atentados ocurrieron antes de que yo fuera presidente, pero, sí, los Hijos de la Yihad reivindicaron los dos…

—De acuerdo, entonces hablemos de lo sucedido desde que usted es presidente. ¿No es cierto que, hace sólo unos meses, los Hijos de la Yihad piratearon los sistemas militares israelíes e hicieron pública información clasificada sobre operativos y movimientos de tropas secretos?

—Sí, es cierto —contesto.

—Y mucho más cerca de aquí, en la vecina Canadá —prosigue—, la semana pasada sin ir más lejos, el viernes 4 de mayo, ¿no piratearon los Hijos de la Yihad los ordenadores que controlan el metro de Toronto para apagarlos, con lo que causaron un descarrilamiento en el que fallecieron diecisiete personas, hubo decenas de heridos y miles de viajeros quedaron atrapados en la oscuridad durante horas? Es cierto que aquello también fue obra de los Hijos de la Yihad, y su recuento de víctimas es exacto, pero la organización terrorista no lo consideró un atentado, sino un ensayo.

—Cuatro de las personas fallecidas en Toronto eran estadounidenses, ¿correcto?

—Correcto —digo—. Los Hijos de la Yihad no reivindicaron ese atentado, pero creemos que fue obra suya. Asiente, consulta sus apuntes.

—El líder de los Hijos de la Yihad, señor presidente, es un hombre llamado Sulimán Cindoruk, ¿es así? Ya empezamos.

—Sí, Sulimán Cindoruk es el líder de los Hijos de la Yihad —digo.

—El ciberterrorista más peligroso y activo del mundo, ¿verdad?

—Yo diría que sí.

—Un musulmán nacido en Turquía, ¿correcto?

—Nació en Turquía, pero no es musulmán —le corrijo—. Es un nacionalista extremo laico que se opone a la influencia de Occidente en Europa central y del sudeste. Su «yihad» no tiene nada que ver con la religión.

—Eso es lo que dice usted.

—Eso es lo que dicen todos los informes de inteligencia que he leído hasta la fecha —contesto—, y usted también, señor presidente de la Cámara. Si quiere convertir esto en una diatriba islamofóbica, adelante, pero con eso no conseguirá que nuestro país esté más seguro. Logra esbozar una sonrisa burlona.

—En cualquier caso, es el terrorista más buscado del mundo, ¿cierto?

—Queremos atraparlo —digo—. Queremos atrapar a cualquier terrorista que intente hacer daño a nuestra nación. Hace una pausa. No tiene claro si volver a preguntarme: «¿Está seguro de eso?». Como lo haga, me va a costar una barbaridad no volcar esta mesa y agarrarlo por el cuello.

—Entonces, para que quede claro —prosigue—: Estados Unidos quiere capturar a Sulimán Cindoruk.

—No es necesario aclararlo —le suelto—. Nunca ha habido ninguna confusión al respecto. Jamás. Llevamos diez años persiguiendo a Sulimán Cindoruk. Y no pararemos hasta que lo atrapemos. ¿Le queda lo bastante claro a usted?

—Señor presidente, con el debido respeto…

—No —lo interrumpo—. Si empieza la frase así, es porque lo que va a decirme no es nada respetuoso. Piense lo que quiera, señor presidente de la Cámara, pero sea respetuoso, si no conmigo, al menos con las demás personas que dedican su vida a acabar con el terrorismo y a mantener a salvo nuestro país. No somos perfectos, ni lo seremos jamás, pero nunca vamos a dejar de hacer todo lo que esté en nuestra mano. Adelante, haga la pregunta —añado, con un gesto de desdén. Acelerado, tomo aire y miro de reojo a mi trío de colaboradores. Jenny, mi asesora política, cabecea afirmativamente; siempre ha querido que fuera más agresivo con el nuevo presidente de la Cámara. Danny se muestra impasible. Carolyn, mi sensata jefa de gabinete, está inclinada hacia delante, con los codos clavados en las rodillas, las manos cruzadas bajo la barbilla. Si fueran jueces olímpicos, Jenny me daría un nueve por ese exabrupto, pero Carolyn no me concedería ni un cinco.

—No voy a tolerar que cuestione mi patriotismo, señor presidente —dice mi canoso adversario—. El pueblo estadounidense está muy preocupado por lo sucedido en Argelia la semana pasada, y aún no hemos hablado de eso. Los ciudadanos de esta nación tienen derecho a saber de qué lado está usted.

—¡¿De qué lado estoy?! —espeto tan bruscamente que casi tiro el micrófono de la mesa—. Estoy del lado del pueblo estadounidense, ¡de ese lado estoy! —Señor pres…

—Estoy del lado de los que trabajan las veinticuatro horas del día por la seguridad de nuestro país, de los que no piensan en postureos y a los que no les importa en qué dirección soplen los vientos políticos, de los que no buscan el reconocimiento de sus triunfos ni pueden defenderse cuando se les critica. De ese lado estoy.

—Presidente Duncan, yo apoyo incondicionalmente a los hombres y las mujeres que luchan a diario por mantener a salvo nuestra nación —dice—. Esto no es por ellos. Esto es por usted, señor. Aquí no estamos jugando a nada. Yo no obtengo ninguna satisfacción de todo esto. En otras circunstancias me habría reído. Lester Rhodes esperaba la vista de la comisión de investigación con más ilusión que un universitario su vigésimo primer cumpleaños. Todo esto es un paripé. El presidente de la Cámara ha orquestado esta comisión para que sólo pueda terminar de un modo: con el descubrimiento de suficiente falta de ética presidencial para derivar el asunto a la comisión judicial de la Cámara y que ésta inicie el proceso de destitución. Los ocho miembros del Congreso que están de su parte se encuentran en distritos seguros, manipulados con tanto descaro que seguramente podrían bajarse los pantalones en plena sesión y empezar a chuparse el pulgar y no sólo los reelegirían dentro de dos años, sino que, además, nadie se opondría a su candidatura. Mis colaboradores tienen razón: da igual que las pruebas contra mí sean convincentes, no convincentes o inexistentes; la suerte está echada.

—Haga sus preguntas —digo—. Terminemos ya con esta farsa. En el rincón, Danny Akers tuerce el gesto y le susurra algo a Carolyn, que asiente pero mantiene su cara de circunstancias. A Danny no le ha gustado que hable de farsa, ni le agradan mis salidas de tono. Me ha dicho más de una vez que lo que he hecho «pinta mal, muy mal» y que es motivo suficiente para una investigación del Congreso. En eso no se equivoca. Pero no conoce la historia completa. No dispone de la habilitación de seguridad necesaria para saber lo que yo sé, lo que sabe Carolyn. Si así fuera, lo vería de otro modo. Estaría al tanto de la amenaza a que se enfrenta nuestro país, una amenaza de proporciones inusitadas para nosotros hasta la fecha. Una amenaza que me ha llevado a hacer cosas que jamás pensé que haría.

—Señor presidente, ¿llamó usted a Sulimán Cindoruk el domingo 29 de abril del año en curso, hace algo más de una semana? ¿Se puso o no en contacto telefónico con el terrorista más buscado del mundo?

—Señor presidente de la Cámara —digo—, como he declarado en numerosas ocasiones, y como usted debería saber ya, no todo lo que hacemos para mantener a salvo nuestro país puede ser del dominio público. El pueblo estadounidense comprende que en el mantenimiento de la seguridad de la nación y en la resolución de cuestiones internacionales intervienen muchos agentes, que se realizan muchas operaciones complejas y que parte de la labor de mi administración debe ser material clasificado. No porque queramos mantenerlo en secreto, sino porque debemos hacerlo. Para eso está el privilegio ejecutivo. Rhodes probablemente me rebatirá la aplicabilidad del privilegio ejecutivo a material clasificado, pero Danny Akers, mi asesor, dice que ganaré esa batalla porque se trata de la autoridad que me otorga la Constitución en asuntos exteriores.  De todas formas, se me encoge el estómago al pronunciar esas palabras, pero, según Danny, no invocar el privilegio implicaría renunciar a él. Y, al renunciar a él, tendría que responder a la pregunta de si llamé por teléfono a Sulimán Cindoruk, el terrorista más buscado del mundo, hace dos domingos. Y ésa es una pregunta que no voy a contestar.

—Bueno, señor presidente, no sé si el pueblo estadounidense consideraría válida esa respuesta.

 

 

Por la Redacción.

con información de EMD.

 

unnamedjoveneshacerpoliticatv.com         

google-plus-300x336+jovenEshacerpolíticaTV

unnamed.png@jovenEshacerpolíticaTV

facebook@jovenEshacerpolíticaTV

twitterbird_rgb@revista_jovenEs

YouTube-TVjovenEshacerpolíticaTV

Para cualquier duda o comentario favor de contactar a editorial. Se prohíbe su reproducción fragmentada o total de los textos y las imágenes propias. Derechos Reservados para jovenEshacerpolítica® La violación a los derechos de autor constituyen un delito (Plagio). Es importante que conozcas nuestro Aviso de Privacidad y Condiciones de uso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s