RAYMIX: “Un ingeniero de la NASA haciendo electrocumbia”

La oferta de Sony Music no me interesó y la de Warner estuvo peor. Fue Universal quien me ofreció un buen convenio y aquí estoy”. Edmundo Gómez Moreno habla orondo, acomodándose la visera de la gorra que porta, en cuya frente hay una X dorada. El tipo cuenta con 27.2 años de edad, como él mismo explica, y viene de San José del Vidrio, “un poblado ubicado entre Villa del Carbón y Tepotzotlán”, en el Estado de México.

Debido a su lugar de origen, dice saber lo que es la vida de rancho, aunque también conoce qué se siente estar en la NASA, donde pasó una temporada “haciendo satélites”. Nos encontramos en las instalaciones del sello disquero que le echó el ojo gracias a “Oye mujer”, un tema que pasó de ser el soundtrack de los tianguistas de México a cruzar fronteras para que Edmundo se transformara en Raymix. Una historia y un contexto surreal.

A la fecha, más de 450 millones de reproducciones en YouTube y la bendición de Armin Van Buuren, Juanes y Josh Gudwin lo respaldan. Podría pensarse que Raymix nació para empuñar el micrófono y que la tuvo fácil. Pero llegar a la meta le costó unos cuantos chingadazos, como él mismo recuerda. Chingadazos propinados por su padre.

“Mi infancia fue un tanto intensa”, señala el músico. “Mi padre tuvo, como yo, una educación de rancho, muy estricta. Él era grupero y me prestaba su teclado bajo la amenaza de que era un aparato muy caro. Y cuando me equivocaba al tocar, órale, me daba uno y otro chingadazo. Me enseñaba canciones de Los Tigres del Norte que yo tocaba cuando él se acercaba a inspeccionarme, pero apenas se iba me ponía a hacer mis cosas. Tenía yo diez años de edad y ya hacía música electrónica”.

En la iglesia aprendió a cantar y a tocar batería, órgano y guitarra. “No era tan bueno, la verdad; pero contaba con buen ritmo”, recalca el mexiquense para luego contar que antes de cumplir la mayoría de edad recibió un regalo que iluminaría sus días: un controlador midi. Anclado a su computadora, bajando programas y checando tutoriales, comenzó a “hacer música más en serio. Todo a 130 BPM. Punchispunchis. Puro trance”.

Nació entonces el trío Light and Wave y “Feeling the city”, una composición grabada por el propio Edmundo, encerrado en su closet, que terminaría en manos de Armin Van Buuren, quien la presentó en los episodios 608 y 609 de su célebre programa de radio A State of Trance. Todo andaba bajo leyes predecibles hasta entonces; lo natural era que la carrera del muchacho despegara desde ese instante. El detalle: a esas alturas Edmundo estudiaba la especialidad en Sistemas Espaciales, en la carrera de Ingeniería Aeronáutica. “Entonces me llegó la oportunidad de irme a la NASA a hacer una estancia. Imagínate. ¡La NASA! No manches, tuve que escoger, y me fui a hacer satélites”.

“¿Qué hice allá? Cómo explicarlo. En la NASA un proyecto es como dar un concierto, pero un programa es como llevar a cabo toda una gira, ¿me entiendes? Y mi jefe inmediato era director de un programa de la NASA, una posición muy alta. Nombre, me educó fuerte. Failure is not an option, me decía; vienes acá a representar a un país, tu pueblo pagó para que estuvieras aquí y tú te dedicas a hacer las cosas a medias. En la NASA aprendí lo que significa la palabra excelencia”.

Aunque eso no fue todo lo que Edmundo comprendió estando lejos: “Un día un amigo de Ecatepec a quien le gusta la música sonidera me mandó una cumbia, y cuando me puse los audífonos para escuchar, asumecha. Me fascinó aquel cochambre. Esa suciedad contrastaba con el lugar donde me encontraba en ese instante: un laboratorio impecable, lleno de doctores e ingenieros. Pura pulcritud y yo con esa cumbia sonidera, ese tutututun todo mal ecualizado. Wow. Sentí cosas. Fue psicosomático”.

La cumbia debe ser como echarte unos tacos en la calle, donde la mugre, la banqueta, forman parte de la experiencia.

Tras un año en la NASA, Edmundo se fue a trabajar a San Luis Potosí. “Fíjate, sobre mis hombros había un millón de dólares invertidos. Tenía yo 24 años de edad y me estaba muriendo del estrés; por eso hacía música, para relajarme”. Cierta vez, recapitulando aquella experiencia psicosomática en la NASA, se puso a escuchar cumbia. Harta cumbia. Encarrerado, completamente solo, llegó la inspiración. “Y, asumecha, no me gustó lo que hice; me encantó. Sonaba comercial, sonaba erótico, sonaba muy bien”. “Oye mujer” había nacido.

Alberto Pedraza (artífice de la célebre “Guaracha sabrosona”) le prestó sus bocinas a Edmundo para que éste calara el poder de su recién nacido éxito. Después, con tres mil pesos y dos teléfonos celulares hizo un video que en pocos días se volvió viral. Sonido La Conga comenzó a soltar el tema en sus tíbiris; el primero de muchos otros sonideros que se encargarían de que la canción de marras cayera en las fauces de la piratería y así sonara en todos los tianguis del país, de Tijuana a Mérida, y a la larga rebasara bardas y mares.

Era cuestión de tiempo para que los programadores de radio comenzaran a acecharlo. “Todos me preguntaban de dónde había salido, quién era yo”, acepta el compositor; “de pronto ya estaba haciendo promoción en Estados Unidos y hasta me entregaban premios en Nueva York. Fíjate, a mí, que ni 150 amigos tengo en Facebook. La vida da sorpresas”. Sí, sorpresas. Porque el presente del hoy llamado Rey de la Electrocumbia está como para presumirse: su álbum debut Oye mujer, incluye las participaciones de Sheeqo Beat (3Ball MTY) y Juanes, además de que en las perillas mete mano Josh Gudwin (productor dePurpose de Justin Bieber).

“Y nombre, espérate, el disco trae versiones cinemáticas de ‘Oye mujer’, así con cuerdas. Híjole, no sabes, me encanta cómo quedó todo porque además trae temas como ‘Perdóname’ que, claro, tiene toda la onda de la cumbia, pero musicalmente le subí una rayita al grado de complejidad. O sea, a pesar de que tiene su sello sonidero, se siente así sofisticado”.

En ese carril, para Raymix es importante mantener intacta esa mugre que la cumbia posee, la grasa que le bañó el paladar tiempo atrás y que, a su ver, enOye mujer puede detectarse. “Gudwin es ultra high class, pero cuando me mandó la primera mezcla le dije ‘no, no, qué pasó, me mataste la cumbia, la suciedad’. La cumbia no puede ser así de perfecta. Debe ser como echarte unos tacos en la calle, donde la mugre, la banqueta, forman parte de la experiencia”.

Esta anécdota deja ver que, en medio de la vorágine que vive, el cantante no pretende perder su identidad. “Claro que quiero crecer, como todo artista, pero sin que eso signifique dejar de vivir como a mí me gusta. Yo necesito revolcarme en el pasto para sentirme bien. Tengo un romance extremo con la naturaleza. Cuando era niño hacía la tarea echado en los maizales. Es decir, mi objetivo no es ganar dinero ni tener millones de views o followers; lo que busco es disfrutar el proceso de hacer música y vivir plenamente cada día”.

Tras veinte minutos de plática, echando hacia la nuca la X de su gorra, Edmundo se pone de pie para despedirse. Se trata de un cumbianchero con swag, una suerte de chaca con doctorado. Cordial y con fluido lenguaje, dice adiós, pero antes de marcharse cuenta cómo percibe él mismo su sonido y revela sus planes en el futuro inmediato, proyectos ambiciosos porque su “bandera es la innovación, tal como me enseñaron en el Politécnico”.

“Lo que yo hago es, por supuesto, una electrocumbia inclinada hacia la cultura sonidera, pero envuelta con elementos que regularmente se encuentran en el trance, el chill out, el house, el ambient y el new age. ¿Te imaginas salir de la atmósfera terrestre? Bueno, pues así suena mi música. De hecho, ya estoy en eso. Un amigo de la NASA está fabricando satélites e intentaremos transmitir ‘Oye mujer’ en el espacio. Nada más unos segundos, súper leve. Un sampleo bajísimo, a 8 kbits/s. A ver qué pasa, porque el proyecto va por fases y lo primero es concretar un vuelo suborbital para demostrar que el satélite y el chip son capaces de trabajar, a pesar de la vibración. La cosa va lenta, pero lo entiendo. En la NASA así de bien planificadas son las cosas”.

 

Por la Redacción,

Con información de NV.

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